Jean Valjean está marcado. Es un ex
presidiario y tiene la obligación de presentar un pase amarillo. Por eso en
todas las hospederías le niegan un sitio. Sin embargo, monseñor Bienvenido lo
invita a cenar y a dormir en su casa. Jean se marcha a medianoche después de
haberle robado unos cubiertos de plata. Presentado por los gendarmes ante el
obispo, Jean se queda completamente desconcertado ante la reacción de éste,
pues aún le regala unos bellos candelabros de plata. El comportamiento
prodigioso del obispo, dará lugar más tarde a una profunda redención de Jean
Valjean. Al cabo de los años, Jean Valjean se ha convertido en un ciudadano
ejemplar: alcalde de Montreuil-sur-Mer y propietario de una próspera empresa de
abalorios. Con los beneficios de la misma, el hombre mantiene una escuela y un
hospital. En su fábrica trabaja Fantina, madre soltera que ha tenido que dejar
a su hija al cuidado del matrimonio Thénardier. Fantina está contenta con su
empleo, sin embargo, en la fábrica se extienden los cotilleos sobre su hija y
es despedida. A partir de ese momento, a Fantina le va de mal en peor. Jean
Valjean casualmente se cruza en su camino y le ayuda en todo. Pero el destino
se vuelve en contra y Jean Valjean será acusado de delitos que no ha cometido.
Muerta Fantina, Valjean huye a París con Cosette, la hija de ésta. Ambos se
refugian en un convento, donde la niña estudiará y los dos llevarán una vida
apacible.

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